jueves, 10 de julio de 2014

¿Y LO INDÍGENA Y ARTESANO DE OTAVALO?

Tras disfrutar del espectáculo que nos ofrecieron las ballenas jorobadas en Puerto López, nos despedimos de la costa por la fastidiosa previsión de lluvia. Canoa y Monpiche nos esperaban pero, ¿qué diantres hacíamos en la costa sin sol? Mojarse en una hamaca no es una de las experiencias que buscamos, así que, ¡cambio de planes!

Viajamos en autobús a Quito (unas 11 horas de viaje), central operativa de cualquier plan de ruta, y desde allí cogimos otro bus que nos condujo hasta Otavalo, cuna de la artesanía indígena. Ya en el autobús pudimos apreciar cómo cambian los rasgos de la gente, más morenos, con facciones más marcadas y, lo más característico, largas trenzas negras escondidas bajo sombreros.

Tras dos horas y un camino con un bonito paisaje, llegamos a Otavalo la noche del viernes, preparados para asistir al gran mercado que se celebra, religiosamente, cada sábado. Ya era de noche, por lo que no buscamos mucho y nos alojamos en el Hostal María, una pensión algo mostosa pero barata y con agua caliente. Suficiente para pernoctar y disfrutar viendo una peli en la televisión por cable.

Cansados del viaje desde Puerto López, nos merecíamos unas birritas, y la suerte nos acompañó con el Red Pub a la vuelta de la esquina. Nachos diabla que picaban a rabiar pero se salían de buenos, hamburguesa con patatas fritas y cervecita Budweiser a precio módico gracias al Mundial. Esto marchaba bien...

A pesar de la dureza de la almohada, dormimos como angelitos y en un pis pas estábamos preparados para asistir al gran mercado de artesanía indígena que tan buena pinta tenía. Nada más salir del hostal, dimos de bruces con varios puestecillos de "artesanos", algo que se repitió durante dos cuadras. Enseguida nos llamó la atención que todos los puestos tuvieran las mismas cosas. Mismos pijamas, mismas pulseras, mismos pantalones... Aquello carecía por completo del encanto artesano, único y especial. Todo olía más a producción en masa que a otra cosa...

Con la pequeña decepción a nuestras espaldas, fuimos esperanzados al mercado de comidas, donde disfrutamos algo más viendo zanahorias... Fijaos qué mal sienta pasar quince días cenando a base de sandwich y hamburguesa, que en cuanto vimos unas lentejas ambos exclamamos al alimón y no pudimos evitar comprarlas.
Nuestro humilde hostal disponía de cocina comunitaria, y el chef Canelón no dudó en cocinarse unas ricas lentejas con mucho hierro. A falta de chorizo (¡qué son unas lentejas sin cerdo!), las cocinó en un rico caldo de gallina y, aunque quedaron un pelín duras, estaban muy sabrosas y nos supieron a gloria.
El mercado resultó ser un gran fraude (a mí no me la dan con queso), pero por suerte había más cosas que ver en Otavalo, como las cascadas de Peguche, a las que fuimos caminando siguiendo las antiguas vías del tren. Quizá por ser domingo, había bastantes ecuatorianos que fueron a pasar allí el día, pero eso no impidió que disfrutáramos del paisaje.
Al día siguiente, decidimos contratar un trekking por la laguna Cuicocha, situada en un cráter volcánico al pie del volcán Cotacachi. Su altitud máxima es de unos 3.500 m.s.n.m, por lo que, sobre todo al principio, nos costó bastante subir las empinadas escalinatas, pero como todo se puede, logramos finalizar con éxito el trekking, de unas 4 horas. Antonio, nuestro guía indígena, nos fue explicando cosas que, de haberlo hecho por nuestra cuenta, jamás hubiéramos sabido. Por ejemplo, cuando durante el trayecto por un angosto sendero comenté que olía a curry, él no dudó en afirmar que tal olor procedía del pedo de un lobo. Inevitable preguntarse por qué los nuestros huelen tan mal...
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¡Dentro vídeo! 

El paseo resultó bonito y transcurrió sin complicaciones, aunque sí que tuve un pequeño susto... Iba yo cual Heidi, feliz de andar por las montañas, cuando Antonio exclamó: "miren, un animalito..." Me giré ilusionada, creyendo que se trataba de un lobo, un cóndor, una serpiente... ¡qué sé yo! Al darme la vuelta, casi en mis morros, vi a Antonio sujetando un ratón por la cola. Quien me conoce sabrá que hubiera gritado menos si de un tigre se tratara, pero un ratón... Ah, no, ¡con los ratones no puedo! Grité y salí corriendo cual gacela, y el pobre Antonio me pidió disculpas. Soy yo quien se tiene que disculpar, por miedica... No era más que un indefenso ratoncillo, pero ¡qué asco me dan!


DATOS PRÁCTICOS:
- ¿Cómo llegar a Otavalo?: coger un autobús en Quito. Salen de la Terminal de Carcelén. Duración del trayecto: 2 horas. Precio: 2 dólares.
- Para desayunar: El Salinerito ofrece buenos desayunos a buen precio.
- Para tomar algo y cenar: El Red Pub tiene buen ambiente y ofrece platos de comida rápida que están bien.
- Alojamiento: Hostal María, 16 dólares (8 por persona). Baño privado, agua caliente y cocina. Nos dijeron que había WIFI pero no funcionó.
- Tour a la laguna Cuicocha: Ecomontes, 30 dólares. Incluía taxi de ida y vuelta, más pequeño almuerzo y guía local.


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4 comentarios:

  1. Yo creo que fue Antonio que se habia puesto bien de curry...Seguid asi, se os ve fenomenal. Y no dejeis de contar, que divertido. Un abrazo fuerte. Xurxo

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    Respuestas
    1. Jajajajajaja, el pobre Antonio!!! Muchas gracias por el mensajito, se agradece!!!! Sois grandes, un abrazo!!!

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  2. Oso ondo, trekinglaris!!!!
    Vaya viaje amiguitos... Envidia de la mala malisima!!
    Musu
    Anikito.

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  3. Esa Anikooooo!!!! No tengas tanta envidia que algún día capaz de animarte a recorrer mundo sin fin y nadar entre ballenas!!! Muxutxus!!!

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