miércoles, 14 de diciembre de 2016

RALLY DAKAR EN RUACANA...


Por asuntos de trabajo, nos toca visitar el norte de Namibia muy a menudo, en concreto la región de Ruacana: ese pedazo de tierra que nos recuerda que Namibia, aunque más evolucionada, también es África...

Es salir de la zona de confort de Swakopmund y encontrarnos dentro de una novela de aventuras. Siempre nos pasan cosas que nos suben los niveles de adrenalina. El otro día, aprovechando la hora de comer, se nos antojó visitar el río Kunene. Nos pusimos los cinturones, activamos el 4x4 y nos adentramos en un camino de cabras (pero de cabras, cabras, cabras...), conduciendo a trompicones y dando botes en el asiento, en plan masai.
Así estaba el caminito, lleno de piedras y pedrolos...

Era divertido. Como una montaña rusa. Como un juego. Como dejar el invierno atrás y ponerse de repente el bikini. Esa misma sensación de estar vivo, calentito, contento, como flotando en el aire... Subimos y bajamos cuestas empinadas, sin poder esquivar los pedrolos o agujeros que dibujaban las carreteras de sal, de pista, o de grava.

A veces el estómago se me salía por la boca, pero... ¡qué paisajes! Iban variando a cada kilómetro, y se presentaban de pronto, como cuadros de acuarela reflejándose en la luna del coche. Porque ésto es África...

Condujimos riendo, gritando, saludando a los niños, desacelerando en las cuestas... Y llegamos a los charcos. Valoramos la profundidad de los mismos y escogimos el mejor camino, lo cruzamos a toda mecha, ¡prueba superada! Y otro charco más, y otro, y otro, y había tantos charcos que cruzarlos nos pareció la cosa más normal del mundo.
Agujeros, imposibles de esquivar, in the middle of the way...

El río Kunene, que nos quedaba a la derecha, estaba a punto de desbordarse, y nos preguntamos si allí habría cocodrilos... Tras recorrer 11 kilómetros en 30 minutos, llegamos hasta un charco dónde podrían bañarse, perfectamente, dos hipopótamos. Era el mar. Nuestro Canelón estaba a tope y, creyéndose el mísmisimo Carlos Sainz, se metió sin dudarlo en el agua. Hasta las trancas.

Yo cerré los ojos y dije: que sea lo tenga que ser. El coche hizo un ruido muy raro, se deslizó de un lado para otro y, finalmente, logramos cruzarlo. Por poco... bufff. Nuestro querido kamikaze me confesó que lo pasamos por los pelos, a lo que contesté: "pues ahora hay que cruzarlo de vuelta...". "No pasa nada, esta vez lo cruzaré más deprisa"... Jope, me he casado con Indiana Jones...

Llegamos a casa sanos y salvos, felices, cansados, y con el coche lleno de mierda. Y yo que pensaba que ese día me iba a aburrir... Qué suerte tener la posibilidad de vivir en África y llenar un día de aventuras no premeditadas. Salir del círculo y encontrarte, aquí, a la vuelta de la esquina, con una buena dosis de adrenalina. Y qué suerte tuve de casarme con Carlos Sainz. Qué suerte... O qué pelotas.

De vuelta a casa, con los tobillos llenos de barro y el corazón agitado, vimos las Ruacana falls y el cielo nos regaló uno de los mejores atardeceres que hemos visto nunca. Cosas de África...

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